2/23/2008

A Fuerza de Mantener las Rodillas Apretadas

Breve ensayo sobre la novela Las Vírgenes Suicidas de Jeffrey Eugenides

Cicely Arancibia A

En la novela Las Vírgenes Suicidas, de Jeffrey Eugenides, confluyen varias corrientes discursivas que constituyen, a mi juicio, la espina dorsal de los suicidios de sus blondas protagonistas: la tragedia griega; un feminismo torpe, propio de los hombres; la modernidad y el consumismo avasalladores; el Apocalipsis de la adolescencia que sucumbe ante el conformismo. La madre-matriarca que simboliza el peso de la tradición, al estilo de Bernarda Alba.

Elevadas a la categoría de deidades, las muchachas de disminuidas figuras y rostros imposibles, dibujan a través de la tragedia los contornos de una suerte de “tipología de la mujer”. En ella aparecen, siempre clásicas, la prostituta, la santa, la mártir, la bruja y Therese, inclasificable esta última porque posee esa simpleza brusca y ese silencio, que la vuelven casi inadvertible. Desde esta mirada, concientemente ingenua, el narrador (observador voyerista) intenta inmiscuirse en la mente de la mujer. Al caracterizar a las niñas como un ser mítico de cinco cabezas y diez brazos, parece confesar que la naturaleza del género que le obsesiona escapa a su entendimiento. Todo lo anterior podría describir a la novela como un instrumento feminista, o al menos pro feminismo, sin embargo, mirada con atención, dicha conclusión se vuelve rápidamente errónea: esta novela encierra un intento de feminismo que no es más que machismo disfrazado, en el que la mujer promedio es reducida a niña o a cuerpo vacío de alma y cerebro, y la mujer ideal es una quimera a la que no se debe jamás descifrar, un mundo ilusorio dentro del mundo real, una Amelie.

Si me preguntan, las hermanas Lisbon se suicidaron para conservarse, para preservar el enigma que les hacia descubrir diariamente a sus imberbes vecinos husmeando por las ventanas, porque sabían que no hay nada más allá de la condición de objeto (excepto pequeñas falacias del mundo, como la felicidad, el amor o el placer).

Y Amelie debe morir.

El suicido como acusativo de la decadencia de la humanidad es tan redundante como incomprendido. En lo personal conozco de cerca aquellos artículos que bombardean como pop-up, luego de que alguien se quita la vida, referentes a la desinformación de los padres respecto de las acciones e intereses de sus hijos, de los efectos destructivos de los medios de comunicación o del atractivo de sectas y estilos musicales vampirescos. Recuerdo aquel repaso de discos. El miedo casi fanático a las carátulas. Es imprescindible buscar una razón cuando la tragedia acusa a sus culpables por todos lados.

Es probablemente cierto que el estado del mundo tenga estrecha relación con los suicidios, tanto como las hermanas Lisbon tienen en la obra de Eugenides estrecha relación con el mundo, sin embargo el suicidio parece estar fijo mientras el mundo constantemente se transforma. Tal vez la metáfora de mundo que constituyen las hermanas Lisbon no tiene relación con una decadencia de la humanidad sino con un estado persistente de ruina que es soportable solo para la mayoría. De cualquier modo, solo tenemos la certeza de que, esta mayoría, siempre se verá fascinada por la lucidez críptica con que el/la suicida mira al mundo, y lo volverá noticia, material explotable, en fin, otra parte reconocible de su constante vulgaridad.

Cecilia constituye el enigma mejor construido en la novela, y probablemente en todo lo que he leído. Ha nacido vieja. Posee esa amargura seca de quien sabe demasiado. Me parece muy relevante que su diario de vida no sea otra cosa que un documento que registra la adolescencia, esencialmente, la de una joven mujer. De esta forma Cecilia se convierte en un sinnúmero de signos, un mensaje en clave que entrega las llaves para entender la conducta suicida, y que explica las razones por lo que lo femenino está tan estrechamente relacionado con este. Un mensaje indescifrable, por supuesto. Las Cecilias como las Julietas, las Ofelias, y las Rominas, serán siempre explicadas, pero jamás entendidas.

¿Cómo, entonces, después de tanto divagar, se puede comprender un libro que no dice nada, que no concluye nada, que simplemente despliega la evidencia para que nosotros hagamos de ella lo que nos plazca? De la misma forma que se arma un rompecabezas. Encontrando la pieza clave.

La señora Lisbon es el hilo invisible que une a todas las hermanas. Representa, como ya lo he dicho, la tradición, la recopilación de reglas arbitrarias y absolutas que persiguen al humano civilizado, en este caso, a la mujer. Pero es también la opresión de estas reglas, porque estas reglas no serían nada sin la colectividad incomprensible que cree en ellas con fervor maniático, ese fervor que te lleva a guardar las apariencias aún luego del dolor desgarrador que significa el suicidio de una hija.

Esta presión, sin embargo tiene un origen, una verdad que puede rastrearse hasta Eva y que nos obliga a temer de los hombres y de las esquinas oscuras, a mantener las piernas juntas, a jugar con las niñas juegos de niñas. A abrir las piernas en la oscuridad, a fumar a escondidas, a copular a escondidas. A ser una imagen impoluta que encierra una víbora rebosante de veneno. Entonces la explicación de aquella ingenuidad conciente, mencionada al principio, se presenta tremendamente obvia. Aquel muchacho que idealizó a las chicas Lisbon hasta la saciedad, quiso realmente rescatarlas, quiso de verdad que vivieran para ser normales hasta la ordinariez, porque comprendió (en mi cabeza, al menos) que todo lo que ellas significaban para él y sus amigos, no era más que un personaje que las hermanitas debían representar sagradamente cada día y que había comenzado a abrir heridas en ellas, a fuerza de mantener las rodillas apretadas. Comprendió, finalmente, que la vida es mucho más agradable cuando se la mira con ignorancia.

Esta es ante todo una novela sobre el estigma que significa ser mujer. Cada vez que nace una, las demás sabemos que será como mínimo víctima de acoso. Sus madres sabrán temer hasta de la familia y las presionarán para conservarse puras, no por fanatismo ni moral, sino porque saben que no hay nada que atraiga más eficientemente el peligro que una niña que acaba de convertirse en mujer.

Más allá de la igualdad de condiciones y posibilidades, del acceso al poder o a los deportes de riesgo, la mujer siempre será mujer y el hombre siempre será depredador. Este es el tronco de la novela de Eugenides. Un intento no de explicar la condición femenina, sino de contarla, de hacerla presente, de traerla a la realidad. Alrededor de este sino, propio de la tragedia griega (o de García Lorca, que viene a ser lo mismo) toman forma otras tragedias inherentes al mundo: su autodestrucción, su morbo, su individualismo -reflejado claramente en los comentarios hechos por los entrevistados en la novela, que siempre desviaban su relato hacia sus actividades, o hacia la propia conciencia. La novela transforma a la tradición que delimita y estigmatiza, en el centro de todos los vicios del mundo.

En un artículo que nada tiene que ver con el libro, aunque está bellamente ilustrado con una imagen de Kirsten Dunst en el papel de Lux, y que probablemente todos mis compañeros leyeron, durante su búsqueda de críticas y comentarios que les ayudaran a esclarecer las ideas respecto de este trabajo, tal como yo lo hice, infructuosamente, se habla sobre la realidad de las mujeres de una región kurda, de fuerte influencia islámica, en la que las mujeres se suicidan para evitar ser lapidadas por sus propios hermanos, luego de ser públicamente deshonradas. A muchas de ellas, quizás la mayoría, se les ha presionado para autodestruirse, llegando a ser encerradas junto a una pistola, una soga o un frasco de raticida, informadas por sus familias de que “la única solución para el deshonor, es la muerte”.

De igual forma las Lisbon fueron forzadas a terminar con sus vidas, aunque probablemente de manera implícita.

Había deshonra en la muerte de Cecilia, que no es permitida por la sociedad ni por la iglesia. Hubo también deshonra en el comportamiento de Lux, en los deseos de Mary, en la rudeza de Therese, en la fe tan cuestionable de Bonnie. Hubo decepción en la carencia de varones y en el estigma de haber concebido una hija “rara”. Todo esto las convirtió, por que no podía ser de otra forma, en aquella caricatura que alguna de ellas dibujó, de una joven con un gran peso en su espalda.

Símbolos como las moscas del pescado o el olor pestilente de la casa, no son más que anuncios de muerte. La evidencia física de aquel virus que se habría propagado con el suicidio de Cecilia, y que se convirtió no solo en la degradación de una familia, sino en la de todo un pueblo, incluso, de un país. Esta degradación es el fruto de la caída de una época, de una forma de concebir el mundo que no sirve más, y cuya cúspide se puede identificar, no en el suicidio de las Lisbon, sino en la precariedad con que sobrevivieron los famélicos últimos meses de sus vidas.

Pálidas, ojerosas, delgadas, derrotadas, como doncellas del romanticismo adictas al vinagre, las vírgenes suicidas constituyen, no el enigma de la femineidad, sino su estigma, la imagen icónica del resplandor virginal, franqueado, destruido de una vez, por el poder narcótico de la muerte.

1 comentario:

  1. Es increible como un simple gran ensayo me puede llevar hasta el mas escondido y resguardado recuerdo... eso es lo que logro esta gran escritora, que puede estar aun en pañales, pero el crecimiento y madurez sera seguro y ejemplar.

    ¡Incluso me dieron ganas de volver a escribir!

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